COLUMNAS

Árboles falsos de plástico

Por Rubén Villalba
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El otro día volví a escuchar, como lo hago varias veces en el año dependiendo de mi estado de ánimo, la melancólica canción de Radiohead Fake Plastic Trees (Árboles falsos de plástico). Investigando un poco sobre la canción encontré entre otras cosas sobre el significado filosófico, tanto de la letra como el nivel de inmersión al cual uno se somete al escuchar la guitarra de Tom Yorke. Confieso que no es una canción para todos los oídos, pero para mí es exquisita y retrata en cierta forma la triste vida banal, del simulacro social, emocional y económico que llevamos, o que llevan muchas personas.

En verdad, el nombre de la canción se hizo en honor a un pequeño pueblo en una de las islas de Gran Bretaña, que sucumbió a los ataques aéreos en la Segunda Guerra Mundial, luego de varios intentos de levantar turísticamente dicha ciudad, terminaron plantando árboles falsos de plástico para tratar de contrastar con el ambiente gris de dicho pueblo.

En fin, tras el divague en el cual me encuentro, y luego de reflexionar entre canciones y películas del fin de semana, me di cuenta de que, como en Matrix, vivimos en una simulación. No me voy a explayar en conceptos metafísicos, sino con situaciones concretas, sobre nuestra cotidianeidad, de nuestra “realidad” inventada. Para ser un poco más exacto en mis apreciaciones y queriendo bajar un poco al básico castellano, para adentrarme en el contexto nacional, diré que una simulación es como una mentira, ¡algo de gua’u!

En ese marco conceptual, y ante las reflexiones en mis días ociosos, llegué a la conclusión de que este país es de mentiras. ¿Por qué? Porque tenemos autoridades de mentira, que hicieron promesas de mentiras, con campañas de mentiras, con fondos económicos de mentiras, sostenido por inversionistas de mentira, entre ricos de mentira y pobres de mentira, buscando sus propios beneficios acorralando a la clase trabajadora con promesas de mentira.

¿Y por qué dejamos que esto ocurra? Porque nosotros mismos aceptamos la mentira como algo cotidiano, porque a veces en la propia casa hay familias de mentira, que tienen una moral de mentira, con una educación de mentira, el servicio de salud de mentira, una seguridad que es mentira y una economía que, si voy a volver a escribir, de mentira…

Tal es así que el vaso se llena, a cada tanto de tantas mentiras, e irrumpe pequeños lapsos de caos, donde la mentira ya no puede sostenerse y caen los mentirosos, al menos eso nos hacen creer. Para librarnos de este mal, no es tan sencillo como tomar la píldora azul o la roja, nada de analgésicos psicotrópicos autoinfligidos, nos falta una dosis de realidad, de las que nos caen como balde de agua fría, para despertar de esta pesadilla simulada que nos acogota.

Para ello tendríamos que dejar de culpar a los demás de las desgracias colectivas y empezar a ser responsables sociales, participar sin esperar rédito y buscar entre otras cosas no caer en capas de simulaciones o como bien dije un par de párrafos atrás, ¡en mentiras!
Mientras termino de escribir estas reflexiones seguiré buscando alguna lectura interesante sobre el tema, hasta me impresiona ver que hay artículos que hablan de que el universo no es más que una simulación. ¿Será? ¡Ñandejára!

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