COLUMNAS

El ocaso de un símbolo sanlorezano

🖊Columnista: Rubén Villalba
📲Redes: @RubeniusViGal

Hace unos días, tomé una serie de caminos alternativos para llegar a casa; decidí dejarme llevar por los recovecos y en una de esas, pasé por Barcequillo, un lugar lleno de recuerdos de infancia y de recientes recuerdos de lucha por tratar de llevar a la conciencia colectiva, sobre la importancia de cuidar un recurso natural vital para el ecosistema local, el Arroyo San Lorenzo. Desde adolescente, me preocupé por buscar las causas de la contaminación del Arroyo, de buscar su historia, de sus orígenes y de promover su cuidado.

Hace tres años, con unos conocidos y extraños nos juntamos en el Parque Surgente Ykuá Pa’í, para realizar activismo ciudadano, con el mero objetivo de demostrar que sin muchos recursos se puede lograr muchas cosas, limpiamos el parque, pintamos los juegos, y luego, tras una visita al fondo del lugar, nos topamos con el Arroyo San Lorenzo, vimos la cantidad de basura que había en el cauce, restos de electrodomésticos, cubiertas de vehículos, y miles de bolsas de basura y de supermercados.

Ese grupo de conocidos y extraños, se convirtió en una especie de hermandad, convertimos el activismo ocasional en una rutina semanal, como un dogma, cada domingo fuimos a sacar del mismo lugar, decenas de kilos de basura, residuos domésticos de todo tipo; hubo prensa, algunas personas y organizaciones se sumaron a las actividades y otras desde lejos nos dieron el aliento.

Por un buen tiempo el arroyo, al menos en esa parte del cauce, se mantuvo limpio, y eso fue bueno. Pero todo esfuerzo a veces no tiene los resultados esperados, por la fuerza misma de la naturaleza y en especial la humana. Aguantamos dos años y medio, cuando nos quedamos dos solamente, decidimos dejar la limpieza. Pero no le abandonamos al Arroyo, éramos conscientes de que la lucha debía subir de nivel y escalar por los peldaños de la burocracia estatal y pedir ayuda al Municipio y al Poder Legislativo. Pero como ocurre con todas las leyes y ordenanzas de este país, en su mayoría no se cumplen o quedan en las buenas intenciones.

Hubo un montón de otras actividades, se vinieron los cambios de poder y como escoba nueva, quiso barrer bien pero solo la superficie, el Gobierno del Departamento Central tomó la posta con un interesante contingente de recursos pagados por el estado y con algunos fondos para que sea regular, también al Municipio se le ocurrió hacer lo mismo y junto a algunos jóvenes para llevar a cabo limpieza en la zona de la ciclovía.

Nosotros, yo y el resto del equipo que formó “la primera cruzada”, vimos lo inútil de tales actividades, porque en realidad no estaban tocando el tema a profundidad, solo atacaban los síntomas y no la enfermedad, trataron de simplificar un problema que tiene muchas aristas y que se pierde en la complejidad de las condiciones económicas y sociales de la franja más carenciada de ciudadanos Sanlorenzanos. Todo ese conjunto de pensamientos me llevó al ver el origen del Arroyo San Lorenzo, en un predio hasta hace poco ocupado por un humedal y una naciente al costado de la calle José Ortíz a una cuadra de Avelino Martínez.

Con mucha tristeza vi que el humedal había desaparecido, lo rellenaron, con escombros y residuos de distinta índole, y con mucho dolor dije en mis adentros, que en paz descanses Arroyo San Lorenzo, ya te mutilaron de entrada, ya te ensuciaron desde tu nacimiento, y te secaron tus nacientes. Estas cuestiones que pasamos día a día, la falta de control ambiental, la falta de instrucción ciudadana, y de las propias autoridades, tienen consecuencias catastróficas para nuestro entorno.

Como sociedad somos aparentemente incapaces de velar por los recursos, los pocos que quedan y no visualizamos el costo de oportunidad, de lo que estamos perdiendo al quedarnos sin lugares de dispersión, de refugios ecológicos, de lugares de depuración de tanto aire viciado, parece que nos apuramos en crecer como ciudad sin importar a que costo, el famoso yo quiero ya y no me importa cómo. Es la fórmula del fracaso.

No es un fenómeno local, esto pasa también en muchas ciudades subdesarrolladas del mundo, y parece no acabar, pero, quizás, como lo predijo un estudioso de estos temas, estamos en el lado ascendente de la curva medioambiental de Kuznets, en la que muchas ciudades en camino al desarrollo, degradan mucho más su medio ambiente en comparación con ciudades o países altamente desarrollados, del otro lado de la curva.

Pero ni las mejores predicciones nos pueden hacer ver un futuro mejor para la biodiversidad, estamos camino a quedarnos solos en el mundo, junto con algunos animales de compañía y de granja. Para finalizar quiero escribir en la lápida imaginaria del Arroyo San Lorenzo, “Aquí yace este hilo de agua, que alguna vez albergó vida y esperanza para una gran cantidad de seres vivos, y que el hombre en su ceguera rellenó con sus residuos, marcando a su vez su propio destino”.

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